21 sept. 2015

Soledad

 
 
 
 
 
 
Casi le saltó un diente al morder el mendrugo de pan, pero eso le daba igual. El hambre no le hace ascos a nada y acompañado con los mordiscos de la manzana pocha que encontró revolviendo la basura de la frutería, podía considerarlo un auténtico banquete. Tres días sin probar bocado son muchos días. Nunca pensó que a los cincuenta la vida le tendría reservado este premio. Nunca fue perfecto, pero la crisis le agrió el genio y era cuestión de tiempo quedarse solo; sin amigos; sin familia.
— El fracaso y la pobreza son la peste de estos tiempos— pensó.
Y siguió masticando el mendrugo mientras observaba la lápida sobre la que estaba sentado. “Tú esposa y tus hijos te querrán eternamente” leyó en voz baja. El epitafio que él nunca tendría. Y de momento… dejó de respirar. El maldito trozo de pan y la manzana pocha se le atoraron en la garganta. Y el enorme ángel custodio bajo el que encontró refugio le señalaba con su enorme espada de fuego, como sentenciándolo a muerte. Luis, con la última bocanada de aire, lo aceptó resignado y cansado; muy cansado. Se tumbó sobre la lápida, y volvió a leer el epitafio.    
 
"Relato publicado en ENTC"


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