29 dic. 2015

Bendita jubilación


 
 
 
Hoy toca sopa de sobre. Todo un lujo después de una semana a base de bocadillos de foie gras de seis latas un euro, y aunque que tengo para dos días, he decidido tomarme el sobre entero hoy. Mañana no sé si tendré astillas de madera suficientes para encender de nuevo un fuego con el que calentar el agua de la sopa ¡Qué buena y calentita está! ¡Y de estrellitas!, como le gustaba a María.

 Y me inundan los recuerdos al mismo tiempo que sorbo la sopa caliente y cuento cada una de las estrellitas de pasta que hago recorrer entre la lengua y el paladar, como hacía María cuando aún estaba a mi lado. Veinte años sin ella son muchos. Veinte años en que aquella maldita enfermedad, y la negativa de la corporación comercial que gobierna el país a darle el medicamento, hicieron el resto. Mi escaso sueldo apenas daba para pagar los alimentos que ambos consumíamos y el alquiler excesivo por aquel cuchitril de veinticinco metros cuadrados en los que nos hacinaban como a chinches. Me consolaba pensando que, al menos, mis hijos estarán mejor en la zona donde la corporación comercial alemana controla el territorio y los servicios. Era y sigue siendo normal el intercambio de peones entre corporaciones, Lidl allí, Mercadona aquí, y así en cada uno de lo que anteriormente denominábamos país. Qué hábiles fueron las grandes fortunas. Los políticos no se dieron cuenta de que las puertas giratorias y los cargos honoríficos que les otorgaban a cambio de favores, tarde o temprano traerían consecuencias. Los partidos políticos se difuminaron a cambio de dinero y las grandes compañías, con un Fondo Monetario Internacional que les respaldó, se hicieron con el poder. Casa y comida son fundamentales, y ellos tenían en su poder las dos. Sólo tuvieron que dar al ejército ambas cosas, el resto vino rodado.

Las primeras protestas fueron reprimidas con excesiva violencia. Las segundas, acompañadas de despidos, menores sueldos y racionamiento en la comida y los servicios de aquellos que eran identificados como alborotadores.   Al fin y al cabo ellos lo controlaban y controlan todo. Era aceptar lo que te daban o morir en plena calle de inanición. Apenas se puede sobrevivir. La caridad ya no existe en esta sociedad. Ahora sólo hay dos clases, la de ellos y la nuestra. Unos viven como zánganos a cuerpo de rey y otros como esclavos trabajando para ellos. Yo ya no formo parte ni tan siquiera de esta última: los ancianos que ya no producimos somos aislados bajo los puentes de las autopistas en habitáculos de tres por dos, donde apenas cabe una cama y una manta. Triste recompensa para el trabajo realizado durante años que aderezan con lo que ellos llaman manutención y que apenas da para un par de comidas al día.

Pero ahora sólo quiero disfrutar de mi sopa y los recuerdos agradables que me quedan de María. Odio el atún y los macarrones de lata que me tocan la próxima semana.    

                                                                  Jesús Coronado

 

21 sept. 2015

Soledad

 
 
 
 
 
 
Casi le saltó un diente al morder el mendrugo de pan, pero eso le daba igual. El hambre no le hace ascos a nada y acompañado con los mordiscos de la manzana pocha que encontró revolviendo la basura de la frutería, podía considerarlo un auténtico banquete. Tres días sin probar bocado son muchos días. Nunca pensó que a los cincuenta la vida le tendría reservado este premio. Nunca fue perfecto, pero la crisis le agrió el genio y era cuestión de tiempo quedarse solo; sin amigos; sin familia.
— El fracaso y la pobreza son la peste de estos tiempos— pensó.
Y siguió masticando el mendrugo mientras observaba la lápida sobre la que estaba sentado. “Tú esposa y tus hijos te querrán eternamente” leyó en voz baja. El epitafio que él nunca tendría. Y de momento… dejó de respirar. El maldito trozo de pan y la manzana pocha se le atoraron en la garganta. Y el enorme ángel custodio bajo el que encontró refugio le señalaba con su enorme espada de fuego, como sentenciándolo a muerte. Luis, con la última bocanada de aire, lo aceptó resignado y cansado; muy cansado. Se tumbó sobre la lápida, y volvió a leer el epitafio.    
 
"Relato publicado en ENTC"


1 jun. 2015

Donde este una buena vegana...


Resultado de imagen de vegana

La cena debía ser perfecta. Tras quince días de flirteo, Elena, accedió a cenar en casa. Solos. La cosa prometía, sobre todo después de indicarme que no soportaba la carne. Eso simplificaba las cosas.

            Los langostinos de Vinaroz habían sido difíciles de encontrar, pero merecía la pena. Su sabor dulce y delicado combinaba a la perfección con un Verdejo blanco bien frío de Rueda. Y con sus ojos, de un verde esmeralda que me trajo recuerdos a mar mientras saboreaba el primer langostino.

            Los corazones de alcachofas con almejas iban aderezados con un poco de pimentón picante, alegra el conjunto y se deja acompañar por el blanco. Elena los aceptó regalándome una sonrisa. Yo opté por un carpaccio de lomo ahumado extremadamente fino y apenas aderezado con una vinagreta de alcaparras. Los ahumados son mi especialidad. La explosión del gas que sonó al saltar el corcho de la botella de espumoso rosado, hizo que Elena me regalara un gritito de sorpresa y satisfacción. Su plato y copa vacíos me indicaban que todo iba sobre ruedas.

            Como plato fuerte opté por servirle unas kokotxas de merluza en salsa verde. Yo, por el contrario, me serví un entrecot poco hecho aderezado en sartén con sal y pimienta y terminado con el aroma del romero y la mantequilla con el que le daba los toques finales. Elena  me indicó que llenara su copa con el tinto de Ribera de Duero que acaba de abrir para acompañar a la carne. Su mirada, y el comentario sobre lo agradable que era la escasez de ajo en las kokotxas para no estropear la velada, excitaron mis sentidos al pensar en lo que me esperaba en unos momentos. Empezaban  a notarse los efectos.

            Cuando acabó con el coulant de chocolate y resto de los vinos, Elena estaba ya tendida sobre la mesa metálica del sótano. El frío que notó en su espalda la hizo estremecerse con un movimiento lento. El narcótico había hecho su efecto, pues apenas se sorprendió cuando me vio acercarme con el cuchillo de carnicero. De hecho, ni notó el limpio corte que le seccionó la yugular. Tenía que ser perfecto para que se desangrara de forma correcta y pudiera despiezarla adecuadamente.

            Hoy, mientras disfruto de un Steak Tartar apenas condimentado, me sorprende ver el dulce sabor de las vegetarianas. Y aunque os pueda parecer que es una opinión personal, estáis equivocados. Mis clientes aprecian su sabor en las hamburguesas especiales que periódicamente pongo a la venta en mi carnicería.  Las siguientes, prometo que serán de vegana.    

 

                                                                       Jesús Coronado