28 abr. 2013

Y la noche... se le vino encima




             



Sus labios no querían dejar de hablar sin decir palabra. Sus manos,  seguir descubriendo  nuevos rincones en el mapa que componían sus pieles. Sus cuerpos temían  perder el calor que los mantenía vivos. Por eso se demoraban en la mañana haciendo eterno esos momentos en que los dos eran uno. Pero los recuerdos eran sólo eso, recuerdos, y la noche ya se le venía encima. Las estrechas calles del barrio empezaban a dibujar extrañas sombras a la luz de las farolas que parecían jugar con la humedad del ambiente creando extraños efectos cuando su perdida mirada intentaba averiguar donde se encontraba. Pedro llevaba deambulando sin rumbo fijo desde la hora del almuerzo.  Había tenido problemas con María, como venía siendo frecuente desde hacía algún tiempo. Aunque esta vez el asunto se le había ido de las manos.


            Pedro era un ejecutivo importante en la compañía, pero la crisis se había cebado en su sector y perder el trabajo a los cuarenta y ocho era inesperado… y duro. La indemnización apenas dio para cancelar la hipoteca, y con lo que se cobraba de paro apenas alcanzaba para pagar los gastos y mantener la casa. Pedro pensó que su experiencia le supondría una ventaja para encontrar un trabajo, pero la edad era un lastre. “Esta mierda de sociedad nos desplaza como si fuéramos basura al cumplir los cincuenta”, pensaba y se repetía constantemente cada vez que la entrevista de trabajo terminaba con aquella manida frase “que lo sentían, pero no reunía los requisitos del puesto solicitado”.

            Cuanto echaba de menos demorarse de nuevo en la cama. Pero desde hacía tres años María lo dejaba entre las sabanas a las cinco de la madrugada. Tuvo que buscar trabajo en una fábrica y empezaba su turno a las seis. Ahora era ella la que lo mantenía a él. Aunque su sueldo dejaba de ser al que estaban acostumbrados, y eso a Pedro lo carcomía por dentro. Dicen que cuando el diablo no tiene nada que hacer con el rabo mata moscas, y eso le sucedía a Pedro. Había desistido de buscar trabajo al tercer año de intentarlo. Su carácter se había oscurecido como la noche que ahora lo iba envolviendo poco a poco, y su frustración dio paso a los temores infundados. No podía entender que María no acusara la vida que llevaban, así que las discusiones empezaron a ser frecuentes.  

            María le decía que tuviera paciencia, que todo se arreglaría. Pero a Pedro esos comentarios solo le enfurecían y le inducían a pensar que los temores que  le asaltaban cada vez con más frecuencia, eran ciertos. María tenía un amante.

            En las largas horas que deambulaba sólo en casa, su cabeza no dejaba de inventar razones para convencerse de que sus sospechas eran ciertas. ¿Por qué salir tan arreglada si solo era una fábrica?   ¿Por qué estaba tan pendiente del móvil y sus mensajes últimamente? ¿Qué le hacía tan feliz?  Estaba claro. Solo podía ser otro hombre.

            Cuando María salió por la mañana, tuvo un mal presentimiento.  Sus constantes peleas le habían llevado a tomar una determinación. Separarse. Y hoy era el día que había elegido para decírselo a Pedro. Quizás fuera eso. A sus cuarenta y cinco, tenía mucha vida por delante y no estaba dispuesta a vivirla así. La fábrica le abrió las puertas a otro mundo, más humilde al que estaba acostumbrada, pero más sincero. No le fue difícil entablar amistad y comprobó que desgraciadamente, su problema era más habitual de lo que ella pensaba. Así que el trabajo y sus compañeras se convirtieron en una forma de evadirse de los problemas que le esperaban cada día en casa. Fueron ellas las que enteradas de su situación la convencieron para que hablara con una abogada especialista en separaciones, la misma  que solucionó los problemas a dos de sus nuevas amigas. Su apoyo era constante. Llamadas, mensajes y ánimo infatigable. Nunca había sido consciente hasta hoy de cómo los problemas comunes unen a la gente.

Pero cuando llegó a casa y vio a Pedro al abrir la puerta, supo que no era el momento.   Su rostro estaba desencajado, su mirada cargada de ira. María vio la carta que Pedro tenía en su mano izquierda, y entonces lo entendió todo. Pedro había estado revolviendo sus cosas y encontró la carta del despacho de abogados. Aquello fue demasiado para él, entendió que confirmaba sus sospechas y eso no lo iba a permitir. Su orgullo de hombre ya estaba herido por ser su mujer la que lo mantenía, pero que lo engañara con otro no era algo que fuera a consentir. Así que blandió el sobre en su mano izquierda y sin mediar palabra la recibió con una sonora bofetada que hizo tambalear a María. Sin darle tiempo a reaccionar la empujó hacia el dormitorio, golpeándola de nuevo y haciéndola caer sobre la cama. Cuando la vio tirada sobre las sabanas vinieron a su mente las mañanas en que se demoraban durante horas, y una pasión desmedida se apoderó de él. Hacía más de un año que no hacía el amor con su mujer  y el calor que le quemaba en las entrañas en aquel momento debía ser apagado. Así que hizo caso omiso de los gritos de María y la forzó hasta calmar sus instintos. Después se marchó.

María lloró desconsoladamente. Perdió la noción del tiempo. Cuando pudo recuperarse se levantó cubriendo su cuerpo con los jirones del vestido. Se lavó de forma compulsiva. Nunca pensó que el contacto con Pedro pudiera darle tanto asco. Cuando se miró al espejo, el entumecimiento y rojez de su ojo izquierdo le indicaba que no tardaría en aparecer un moratón en su lugar. Se lavó cuidadosamente, y se juró que hoy terminaría con todo aquello. No iba a permitirle ponerle la mano encima nunca más. Se vistió lentamente, mientras meditaba cada movimiento que en su mente empezó a vislumbrar. Se sentó en el sillón del comedor a esperarle, sintiendo el frío metal del cuchillo al ocultarlo en su espalda, agazapado junto a su mano derecha.

             Pedro no había conseguido calmar su mente con el paseo por la ciudad. Todo lo contrario, hacer el acto sexual de esa manera lo había excitado de una forma que no recordaba, volvería a hacerlo enseñándole a María quien llevaba los pantalones en casa. Si no él, sabría ponerla en su sitio. Subió lentamente las escaleras saboreando mentalmente sus actos. Cuando abrió la puerta, su mano derecha jugaba en el bolsillo con la navaja que siempre llevaba encima, aferrándola con fuerza cuando vio a María sentada en el sofá del salón.

            Lentamente se acercó con expresión de superioridad. Pero María lo esperaba con una mirada extrañamente fría y relajada. Una mirada que hizo sentir a Pedro un escalofrío en la nuca mientras cerraba la puerta del comedor. En ese preciso instante supo a ciencia cierta, que esa tarde para uno de los dos, todos los problemas quedarían resueltos.


                                                                JESÚS CORONADO  -  2013