21 may. 2012

Odette

     


                        Odette


  Algunas personas buscan la quietud de sus mentes en el campo, bajo la sombra de los árboles, acompañados por el sonido del aire entre las hojas y el canto de los pájaros. Otros la buscan escuchando música clásica, jazz o incluso blues. Y en menor número, lo buscan en técnicas orientales como el yoga o el taichí. Ella pertenecía a un grupo mucho mas reducido. Sólo conseguía calmar sus oscuros pensamientos en aquella sala del museo, frente al cuadro donde su protagonista le ofrecía una sonrisa apenas esbozada, una sonrisa enigmática, una sonrisa que sólo comprendía ella. Llegó a la conclusión de que demostraba un cinismo encubierto, una vida desvergonzada y libertina que ocultaba tras aquella sonrisa, puro escaparate que el pintor, cómplice de su desvergüenza, plasmó en aquel lienzo del siglo XVI.

         La verdad es que Odette deseaba fervientemente poder ostentar esa sonrisa en su rostro  como muestra de su desvergüenza y pasión desenfrenada. Pero Odette no era así, ni tan siquiera tenía un cómplice pintor que dibujara sus sueños y la transportara a otros mundos de pasión y lujuria. Odette tenía que conformase con imaginar, y sólo aquel banco que se encontraba frente al cuadro le permitía hacerlo en solitario.

         Lo primero que percibió Odette fue su perfume. No le hizo falta girar la cabeza para saber que se había sentado a su lado. De hecho, no era la primera vez que lo hacía. Como ella, iba al museo a diario. Como ella, contemplaba aquella pintura durante largo rato sin articular palabra. Ninguno de los dos había intentado iniciar conversación alguna, ni tan siquiera una mirada directa. Solo de soslayo a través del rabillo del ojo. Pero hoy fue distinto. Quizás fuera el hecho de que al sentarse en el banco junto a ella sus pieles se rozaron, provocando en Odette que un fuego abrasador le recorriera por dentro hasta depositarse en sus ingles. O quizás, simplemente, porque Odette ya había esperado bastante y decidió esbozar de una vez por todas, esa sonrisa cínica que tanto admiraba en aquel cuadro.

         Una semana después, Odette yacía junto a su pintor en un pequeño apartamento junto al Sena luciendo su ansiada sonrisa. Resultó ser un artista bohemio que había sido capaz de vivir del arte desde su más temprana juventud, lo que la fascinaba y aumentaba su deseo hasta convertirlo en pura lujuria. Con él, había descubierto un mundo nuevo que empezaba a girar peligrosamente sobre el sexo y sus variantes más excitantes y peligrosas. Era todo un maestro que supo dirigirla y llevarla a terrenos donde el placer tomaba su cuerpo hasta llevarlo a un espasmo convulso que la dejaba totalmente exhausta.
                                                         
         Aquella mañana de domingo Odette se despertó antes de lo habitual. Tenía sed después de una larga y agotadora noche donde su artista volvió a dibujar en cada rincón de su cuerpo, así que bajo hasta la cocina y se sirvió un gran vaso de agua fría. Mientras lo apuraba, su vista se detuvo en la puerta. Aquella que no había abierto hasta hoy. La que él le había prohibido expresamente argumentando que era su estudio, donde daba rienda suelta a su creatividad. No quería que nadie viera sus obras antes de ser terminadas. Pero su curiosidad pudo más. No terminó de entender si fue el fuerte dolor que sintió en su cabeza o el insoportable olor a cera derretida que sintió al mismo tiempo y que le penetró hasta las entrañas haciéndole perder el equilibrio y rodar por las escaleras antes de perder el conocimiento. 


         Hoy, Odette, sigue conservando su enigmática sonrisa, la que esconde una desvergüenza lujuriosa con la complicidad del artista. Una sonrisa, que al igual que hizo ella, se preguntan que oculta quienes la observan sentados en el banco de aquella sala del Museo de Cera Grevín de Paris.

                                                                                             

                                                                                    Jesús Coronado (2012)


3 may. 2012

LUISA





            Conocí a Luisa en primero de básica. Su sonrisa y el caramelo compartido, hicieron que me enamorara de ella al instante. Recuerdo que me convertí en su fiero paladín, luchando por sus causas perdidas y defendiéndola de malvados villanos que osaban acercarse con malas intenciones. De hecho, Ricardo, el villano del pupitre de al lado, fue el primero en romperme la nariz por una pequeña disputa relacionada con un chicle de menta. 

            Los años pasaron para los dos y mi amor creció en la misma medida que mi afán de protección. A mis dieciséis, seguía siendo su paladín... sólo su paladín.

            He recibido una llamada de Luisa esta mañana. Su relación con Antonio no funciona. Me ha extrañado que me llamara. Aunque sé perfectamente cuales son sus movimientos y avatares, hace ya muchos años que dejó de ponerse en contacto conmigo para contarme sus penas. La desaparición de su primer novio, Pedro,  dio como resultado su falta de comunicación, pero no me importaba. Juré que cuidaría de ella. Mi determinación era firme, y su rechazo en bachiller solo hizo que me reafirmara en la misión.

Su vida ha sido un ir y venir constante. A veces pienso que simplemente quería huir de mí, pero el destino me ha hecho desplazarme casualmente a los mismos sitios que ella. Cuestiones de trabajo.

La cafetería está concurrida. Yo hubiera preferido algo más íntimo, pero no ha querido. La veo nerviosa, fumando sin parar y moviendo su pierna derecha desde que llegó y se sentó en la terraza.  Salgo del coche aparcado en la esquina y me acerco mientras vienen a mi mente los recuerdos de su ajetreada vida… y de la soledad de la mía.

Se ha sobresaltado cuando me ha visto. Me dice que no puede seguir así, que su vida no es vida. Y no me extraña que piense así, Antonio es el sexto novio y en todos he visto miradas de menosprecio, actitudes ofensivas hacia ella, falta de amor. Precisamente lo que a mí me sobra.

Mientras pienso en esto, Luisa rompe a llorar y a mi me rompe el alma. Entre sollozos y miradas acusadoras la convenzo para salir de la cafetería. Le prometo que todo acabará a partir de ahora. A nuestra edad creo que ya es hora de que ambos empecemos a ser felices.

Abro el maletero del coche y, con sumo cuidado, deposito su cuerpo en el suelo. Su ajetreada vida y sus viajes de ida y vuelta ya han terminado. Voy a dejarla en compañía de Pedro, Juan, Alfonso, José y Alberto. Creo que es lo mejor para ella.

De Antonio ya me encargaré más tarde.

                                                                                               

                                                                                                                       Jesús Coronado